Hace días que pienso en escribir esto, y ahora, hace casi un mes de aquello…
He dudado de la idoneidad y la utilidad de plasmar visual y públicamente algo tan tópico y quizás injustamente a destiempo. Tarde. Un agradecimiento por tan buenos momentos que llega años tarde. Idóneo, no lo sé. ¿Útil?... Después de pensarlo, dejando atrás creencias personales, decidí que sí, que a mí me es útil.
Isabel María Centeno Padilla, ese era tu nombre, pero para mí siempre serás; “mi tía Lele”. Lamento no haber podido conocerte más, quizás puedo echar las culpas a las circunstancias, aunque eso no me alivie en absoluto, pero no creas que olvido cosas. Yo desde siempre he hablado de tí a mis amigos y comentaba lo divertida y macanuda que eras. ¿Te acuerdas de los chistes que me contabas todo el tiempo? Jaja! ¿El del tío que iba al bar y siempre tomaba “vermú” porque no sabía decir “caffffé”?. ¿O el otro que no sabía decir la palabra “Federico”? Jejje! Me he reído mucho contigo, siempre positiva, siempre con una broma. Me decías; “trancula, que te coñozco”, y yo me partía de risa. Es más, la última vez que hablé contigo, me estabas contando cómo la baba de caracol era lo mejor para el cutis, pero que como era muy caro, yo tenía que coger caracoles por los campos y restregármelos por la cara. Y yo, ajena a tus problemas y tus penas, reía y estaba felíz de poder escuchar tu risa… Y sólo tú sabes qué pasaba, sólo tú sabes qué pasó.
No te has ido, siempre estarás ahí. Gracias por todo. Ahora descansa en paz y no dejes de sonreir nunca. Hasta siempre...
Te quiero, tita Lele.